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Discurso de la  Sra. Christine de Marcellus de Vollmer doctora honoris causa 2026

May 20, 2026

Es muy difícil expresar mi agradecimiento por el gran honor que la Universidad Monteávila me está otorgando, y por lo que representa para Aprendiendo a Querer.  Esa obra, una obra de amor, hoy se ve elevada y avalada por el reconocimiento que le brinda esta maravillosa casa de estudios.  

Así de inmensa es mi gratitud a su rector Dr. Guillermo Fariñas Contreras, a su vicerrectora académica, profesora Carolina Amaya de Escobar, al vicerrector administrativo, profesor Orlando Pérez Caldera y al Consejo Superior, a su presidente, Dr. Carlos García Soto.  

Además, quisiera decir que me da un especial placer compartir esta ocasión con mi respetado amigo el Dr. Rafael Tomás Caldera.

Esta Universidad Monteávila, que siempre me ha impresionado con el alto nivel de sus educadores, no solo de su nivel académico, sino de la ortodoxia, de la visión y de la dedicación,  y que será en este momento histórico, una luz para el país. De eso tengo certeza.  

De hecho, estamos aquí reunidos en un momento extraordinario de nuestra historia.  Un momento que no hesito calificar como ‘milagroso’. 

La Divina Providencia ha tenido misericordia de Venezuela, y nos ha dado una nueva oportunidad, para ver si logramos, esta vez sí, tener éxito al intentar desarrollar la naturaleza tan generosa, y la población tan talentosa como ha dispuesto en esta tierra.  Esta vez esperamos hacerlo con más conciencia del esfuerzo y dedicación que requiere, frente a las complicaciones que enfrenta el mundo moderno, y las de la misma naturaleza humana.

La civilización cristiana que nació hace 2000 años en un mundo de crueldad, esclavitud y guerras, creció con una rapidez y fecundidad fenomenal, llegando a gran parte del mundo y produciendo una abundancia de belleza espiritual, cultural y artística, y generando conceptos humanitarios, legales y jurídicos nuevos para la humanidad.

Esta progresión se vio frenada en el siglo 20 por una tendencia a olvidar a Dios y sus leyes. Como sabemos, costumbres diametralmente contrarias a Dios van aceptándose en nuestro tiempo: el aborto, la pornografía, el homosexualismo, el vicio y la fealdad, con la consecuente degradación de la cultura de familia, de la vida, incluso del concepto mismo del género humano.

A pesar de, o tal vez gracias a, las enormes dificultades de los últimos 25 años, Venezuela parece que se ha escapado hasta ahora de muchos de los vicios que afligen a Europa, como la falta de hijos, de vocaciones, y de visión de futuro.  

Creo que Venezuela tiene la oportunidad, y la obligación, de ser líder en América, tal vez en el mundo, para remontar la cuesta de la dignificación de la persona humana, y la restitución de la familia, creada por Dios como padre, madre e hijos, comunidad de amor y de transmisión de virtud y gracia, en Su Imagen.

Agradezco infinitamente este reconocimiento que hacen hoy al esfuerzo que se ha hecho con el título de Aprendiendo a Querer por llevar esta visión a los lindos y talentosos niños y jóvenes de Venezuela. Nuestro sueño y pasión ha sido ayudar a niños, niñas y adolescentes de todas las clases socio-económicas y de todas las partes de Venezuela, a lograr desarrollar el impulso divino, con el cual nacen, a ser virtuosos, nobles, generosos y abnegados. A no dejarse engañar por la vulgaridad, el egoísmo y el desenfreno de las costumbres y licencias del mundo moderno, y que ahora las redes sociales también les proponen.

El ser humano, tal como Dios lo hizo, está diseñado para ser feliz cuando cumple con el plan de Dios. Es feliz cuando ama y cuando es amado. Como el gran neurólogo y psiquiatra Viktor Frankl pudo explicar clínicamente, y la neurociencia va comprobando cerebralmente, la persona humana, para vivir en plenitud y felicidad, requiere de dos cosas como base: la seguridad, y un sentido, o propósito, para el cual vivir. 

La seguridad se fundamenta, desde que nacemos, en ser amado, algo que se da naturalmente en el amor materno y paterno, y perdura en la persona que vive el amor al prójimo.  

El sentido para la vida, según Frankl, también tiene que ver con el amor.  Frankl explicó, neurológicamente, y en palabras muy humanas, el mensaje del Evangelio: es en el don de sí que podemos estar felices y sentir que nuestra vida vale, y tiene un sentido. El don de sí, la autotrascendencia, que él consideraba la esencia misma de la existencia humana, requiere de las virtudes, y estas son universales. El olvidarse de sí mismo para entregarse a los demás, o a una causa, dejando de lado su interés personal, produce como premio, la felicidad.  Esto es neurológico.  Las virtudes son admiradas y anheladas naturalmente: la valentía, la generosidad, la lealtad, el respeto, la veracidad, la responsabilidad, y otras más, son reconocidas por todos como lo ideal, y como la base de cualquier comunidad feliz.

Aprendidas con naturalidad, como nos propone la antropología más sencilla, las virtudes tienen mucho sentido, y neutralizan las tendencias ajenas a ellas, como el egoísmo y la trampa, con la aplicación de la simple regla de oro que conocemos como “trata a los demás como quieres que te traten”.  Aprendiendo a Querer, y su adaptación castrense, Vida Plena: Virtud y Honor, son nuestro humilde ofrecimiento hacia una educación de la persona integrada e integral, que ojalá permee todos los niveles del saber nacional. Este reconocimiento que nos da la Universidad Monteávila hoy, le da innegable impulso, y por eso les doy mis más sinceras gracias.