¿Puede existir una universidad sin ingeniería? Un clásico chiste cuenta que tres personas estaban ante san Pedro, el cual les dice que por razones logísticas temporales solo puede entrar al cielo el que demuestre que su profesión es la más antigua. El primero, un cirujano, afirma que la primera operación la practicó el creador cuando abrió el costado de Adán para que Eva fuera concebida. Convencido se adelantaba cuando la segunda persona afirma que Dios ordenó el caos antes de la creación del hombre. Y ese es el trabajo de los ingenieros como ella… Poner orden en la realidad.
Cuando la Universidad Monteávila nació, entre las personas que la impulsaron estábamos varios ingenieros. Uno era Gustavo Linares Esteves, quien tenía ideas sobre las ingenierías que debíamos ofrecer. Yo, obviamente, apoyaba esa iniciativa. Ambos estábamos en el día a día de la operación de la universidad y no teníamos tiempo de concretar una propuesta.
Llegó el ingeniero civil Neptalí Balza, egresado de la UCV, con práctica profesional en proyectos como el de los Pijiguaos y la construcción de la Iglesia de la Sagrada Familia y San Josemaría Escrivá en La Tahona. En la preparación del proyecto de facultad y carreras de ingeniería le acompañaron los ingenieros Debbie Méndez de Carrera -entonces secretaria general de la universidad-, Daniel Hernández y Luis Andrés Guerra. Recuerdo que estaban varias disciplinas clásicas: la civil, la mecánica, la industrial, la electrónica, y una muy novedosa, telecomunicaciones. Ésta aprovechaba el auge de la telefonía celular. De hecho, se organizaron Jornadas de telecomunicaciones con muy buena aceptación y participación. Fue la primera vez que vi el auditorio de la Monteávila lleno de gente que no era de nuestra comunidad.
En aquella época el Consejo Nacional de Universidad (CNU) contaba con núcleos de las distintas facultades. Uno era de las ingenierías. A ellos les correspondía dar el voto favorable o no de las carreras en sus áreas del saber y hacer. En orden de allanar el camino, nuestro proyecto se presentó a varios decanos de esas facultades.
El proyecto se introdujo en el CNU. Pasaron las semanas y los meses, con el seguimiento por parte de quienes correspondía, y concluimos que no había voluntad de ser aprobada, como tampoco el proyecto de las carreras de Economía y Contaduría. Por cierto, el chiste sigue con el tercer personaje, economista, que detiene al ingeniero preguntándole a san Pedro: ¿Y quién crees que creó el caos?
Cuando un nuevo equipo rectoral fue nombrado en 2022, ya conocíamos que había disposición del Ministerio de Educación Universitaria de aprobar nuevas carreras a las universidades privadas. Gerardo Fernández López se dispuso a pensar carreras de ingeniería novedosas, que resolvieran problemas contemporáneos, especialmente los que correspondían a la transformación digital. Su conclusión fue diseñar carreras ambidiestras. Nos decía que la realidad tecnológica actual exige escapar de los silos tradicionales ya conocidos: mecánica, electrónica, computación, etc. La tecnología es híbrida: integra varias disciplinas.
Así surgió el diseño de Ingeniería Telemática, una combinación de telecomunicaciones e informática con atención a la ciberseguridad. Un celular, el objeto ubicuo en las manos de toda persona hoy día, combina la comunicación y el poder de cómputo. Sus apps conectan para recibir o enviar y recibir datos a otros celulares, dispositivos o nubes, y procesarlos de forma casi instantánea. Otro campo de trabajo es el internet de las cosas (IoT), cada vez más presente. En estos días nos enteramos que una ayuda internacional para las víctimas del terremoto tenía en todos sus ítems tags para facilitar su control y seguimiento. La IA necesita conectar empresas con clientes (B2C) y empresas entre sí (B2B). Por todo lo anterior, pienso que Telemática es una carrera que tiene una gran demanda en el mercado de trabajo: casi toda empresa piensa en tener una aplicación para conectar con sus clientes. Y casi todo startup tecnológico comenzó o se impulsó con una app. En Venezuela tenemos a Cashea, Yummy, Ubii, Flety, y un largo etcétera. Las dos últimas son emprendimientos de egresados de esta casa de estudios.
La Ingeniería Mecatrónica es claramente una fusión entre mecánica y electrónica, al que hay que sumar la disciplina del control. Uno piensa en robótica primariamente, pero como le gusta repetir a Gerardo, es mucho más que eso. No es difícil imaginar que estaremos en un futuro no lejano interactuando intensamente no solo con robotinas -se me “cayó la cédula” y también a los que me entendieron- sino con vehículos autónomos, dispositivos domésticos inteligentes, líneas de distribución y empaque automatizadas, prótesis biónicas, sistemas quirúrgicos como el Da Vinci, entre otros. No avizoro límite en la integración de lo material y lo informático.
La Ingeniería en Ciencia de Datos hace posible y potencia buena parte de las aplicaciones antes referidas. El dato alimenta los algoritmos y la inteligencia artificial. Se necesita su captura, su procesamiento y análisis para apoyar la toma de decisiones. Hoy se habla de la economía del dato que añade a lo anterior, su monetización y aplicación. Se pretende que esa información capturada y analizada se convierta en ganancias directas o indirectas: publicidad hiperpersonalizada, optimización de rutas de envío, predicción de fallas en maquinaria, entre otros.
En noviembre de 2024 celebramos la aprobación de las tres carreras de ingeniería más la de Economía. Luego de 24 años, la Monteávila ampliaba su oferta académica, en este caso con el doble de carreras. Gran júbilo.
Nos correspondía escoger a las autoridades de la nueva facultad. Conocíamos a Luis Emilio Suberviola y nos pareció que tenía un perfil ideal; empresario en un sector tecnológico, experiencia exitosa como docente en la USB y, sobre todo, gran calidad humana que podía entender el propósito de la Monteávila: potenciar personas. Su experiencia como cabeza de una empresa le hizo comprender el enfoque práctico que queríamos dar a la carrera desde el comienzo, muy conectada con la búsqueda de soluciones a problemas reales de la industria.
Para llevar el día a día con eficiencia y que imprimiera el estilo UMA desde el comienzo, nos pareció que no había mejor elección que Ana Beatriz Monteverde. Sacrificamos su buen hacer en la Secretaría General. Esto nos exigió acudir a la generosidad de Carolina, que pasó del Vicerrectorado Académico a la Secretaría, y de Gerardo, que asumió este vicerrectorado a la par de sus responsabilidades como presidente del CDCHT. El tiempo nos ha dado la razón de esta elección: los alumnos se sienten 100% apoyados, a la par de exigidos, por Ana Beatriz.
Estábamos conscientes de que, siendo carreras novedosas, había que saberlas vender: atraer a los mejores estudiantes con inclinación a estos temas. La Dirección de Marca preparó el posicionamiento con Antonio Montilla y David Borges como asesores. Ambos egresados, lo que facilitó que entendieran nuestro enfoque, siempre humanista. Fueron sesiones entretenidas. Sin minusvalorar las carreras actuales y mucho menos la calidad de quienes han pasado por ellas, entendíamos que las ingenierías tienen un nivel de exigencia mayor, y suelen atraer a un talento que puede responder a esos retos. En esas reuniones de trabajo aprobamos el lema para nuestros estudiantes: UMAgineers. Ingenieros con los conceptos y herramientas para desempeñar con idoneidad sus trabajos, a la par del ADN Monteávila: una clara conciencia de servicio para buscar soluciones a los problemas, enriquecido por la formación humanística que nos caracteriza.
Esto es otra novedad. Al igual que las carreras fundacionales, las nuevas carreras tienen la misma carga de materias humanísticas: no en vano llamado en el mundo anglosajón core curriculum, la formación medular. Contarán con una formación que les permitirá crecer en perspectiva sapiencial, desarrollo de la capacidad de juzgar e interés por la verdad. Lo primero puede sonar pretencioso. Se cultiva la sabiduría cuando se sitúa al estudiante ante las grandes cuestiones de la existencia humana, de modo que advierta que preguntas como “¿Qué es el ser humano?” o “¿En qué consiste el bien y la justicia?”, no pueden eludirse. Lo hacen de la mano de quienes han pensado e intentado responder esas cuestiones. Es lógico que la IA se incorpore a la docencia: accede, procesa y ofrece información como ningún ser humano puede hacer. Pero la capacidad de juzgar, es decir, captar lo universal en lo particular, de arropar un dato individual con la “idea” que le corresponde y da sentido en el conjunto, es y seguirá siendo muy humana. El tercer rasgo es suscitar el interés por la verdad. La formación humanística es una educación para la verdad, en todas sus dimensiones. Es uno de los fines de la institución universitaria tal como recoge nuestra aún vigente ley de universidades.
Luis Emilio tenía dos preocupaciones en las que se ocupó personalmente con la ayuda de Gerardo y de la Dirección de Marca. La primera era contar con profesores de calidad. La segunda: pasar de los 30 estudiantes entre las tres ingenierías. A la primera reunión de potenciales docentes llegaron más de 40. Se les explicó lo que se pretendía con las carreras, el estilo Monteávila en que habría exigencia y acompañamiento.
El primer día de clases en septiembre del 2025 teníamos a 60 estudiantes sentados en nuestras aulas de nuestra moderna sede en Lomas del Sol. De este modo, las dos metas se cumplieron con creces. Los suéteres azules -color decidido para esas carreras y obsequiados a cada uno en el Programa de Iniciación Universitaria (PIU)- llenaron la terraza. Todo era alegría y ganas de conocerse entre ellos.
Para ayudarles a adaptarse a la vida universitaria y a la exigencia de la carrera, les ofrecimos, como a todos los nuevos ingresos, el Programa de Asesoramiento Académico. Este programa ofrece a cada uno de los estudiantes un asesor, usualmente profesor de su carrera, que les ayude a organizar su horario, tener estrategias de estudio, auto fijarse metas, no solo académicas, y manejo del estrés natural del comienzo. Es un programa gratuito y voluntario. Desde que lo implementamos hace ya 4 años ha dado buenos resultados y las evaluaciones de los asesorados son muy buenas.
Ingeniería es ingeniería, y Cálculo resultó una cuesta empinada para muchos.Un tercio lo aplazó. Esta nueva facultad seguía impulsando novedades en la universidad: un curso intensivo entre el primero y el segundo semestre. Todos lo tomaron. 5 horas académicas por 18 días. Exigente, pero 100% efectivo. Al final, todos estaban cansados, no habían tenido receso intersemestral, pero contentos de haberlo aprobado. Esto exigió que ingeniería comenzara dos semanas más tarde, lo cual volvió a exigirles capacidad de convocatoria a sus autoridades.
Llegó el doblete sísmico. La Monteávila se vio golpeada: dos profesoras, un estudiante y dos egresadas fallecieron. Casi tres decenas entre profesores, directivos y trabajadores tuvieron afectaciones materiales. Entre quienes más sufrieron estuvo el profesor Martín Durán -docente de Cálculo de varias variables y Ecuaciones diferenciales- quien perdió su vivienda en La Guaira. Rápidamente la universidad, y particularmente su facultad, se movilizó para buscarle apoyo.
El evento ocurrió cuando las demás carreras casi habían culminado sus semestres. Los profesores y estudiantes conmocionados, y muchos integrados en labores de voluntariado. Visto esto, y en pocos casos con evaluaciones a distancia, se cerraron las actas de calificaciones. Pero ingeniería tenía aún tres semanas para concluir. Las autoridades concluyeron que había que asegurar un mínimo de conceptos. Esto exigía docencia y evaluaciones. Prepararon el plan con los profesores. Y organizaron un encuentro virtual con ellos. Una alta asistencia al mismo. Los oyeron y les explicaron el plan. Ellos lo aceptaron unánimemente. Incluso algunos que se fueron al interior del país regresaron. La primera semana fue virtual mientras las dos siguientes tuvieron clases, prácticas de laboratorio y exámenes presenciales. Culminaba así el primer año de las ingenierías.
Los pioneros siempre serán recordados porque tuvieron la valentía de unirse a la aventura. Disfrutaron de lo bueno y sufrieron lo menos bueno. Sus nombres serán memorables por quienes tuvimos el honor de darles clases. Podrán con orgullo decir “Yo también soy UMAgineer”.